LIMITES ESPACIALES Y CRONOLÓGICOS
Los límites espaciales de la Edad Media están estudiados bajo la perspectiva de un Eurocentrismo, en el que se hace mención a la periferia espacial sólo en el momento en que los contactos con ésta tienen relación con este mundo Europeo, y aún casi exclusivamente con el mundo Mediterráneo.
Actualmente, el marco geográfico en el que se distribuye la Edad Media atañe al mundo cristiano, eslavo, bizantino e islámico, próximos y vinculados geográficamente, además de por una misma tradición.
La tesis más común para establecer el final de la Edad Antigua habría sido fijado a mediados del s. XVIII por la frase de E. Gibbon “ El triunfo de la barbarie y la religión”.
Para el comienzo de la Edad Media se barajan varias fechas: el Edicto de Milán (313), La Invasión Germánica (406), o el final del Imperio Romano de Occidente (476), y lo mismo sucede para establecer las fechas finales de este período: El inicio de la Reforma Protestante, el descubrimiento de América (1492)...
Sea como fuere, ningún acontecimiento, por importante que sea, puede representar en sí mismo un cambio tan radical como para considerarlo el punto inicial o final de toda una época histórica.
En cuanto a la división de la Edad Media, hoy en día, y tomando siempre como marco la Europa Occidental, se ha hecho una división tripartita:
- Alta Edad Media (Edad Media Temprana o Edad Oscura): Prehistoria de los pueblos europeos (IV al X).
- Plena Edad Media (Edad Media Clásica, Edad Media Central o Período Feudal): Período de Formación de las Sociedades Europeas (XI-XIII).
- Baja Edad Media (Edad Media tardía): XIV-XV.
En el marco circunmediterráneo es fácil distinguir tres niveles de civilizaciones concretas que han sucedido e incorporado a él cada uno de ellos, mayor espacio y pueblos más numerosos:
a- El fondo oriental del Mare Nostrum, dominado por Egipto y Mesopotamia, entre el cuarto y el primer milenio antes de Cristo.
b- Abarca paulatinamente todas las orillas mediterráneas y el conjunto de Asia anterior, por las civilizaciones greco-romanas e irania, entre el primer milenio antes de Cristo y los siglos IV al VI de nuestra era.
c- Civilizaciones medievales: Bizancio, el Islam clásico y el Occidente o Cristiandad latina. Aunque las tres arrancan de la ruina de los Imperios Antiguos y de las migraciones de los pueblos e invasiones que se suceden desde finales del siglo IV, su despliegue en el tiempo no es el mismo ni permanece estable el reparto territorial que incorpora a una u otra o. Al menos, a su influencia, todo el ámbito circunmediterráneo:
-Mientras Bizancio hereda la vida y características del Imperio Romano de Oriente, pero la consolidación en su seno de la Iglesia Ortodoxa, las pérdidas territoriales del s. VII y la influencia sobre el vasto mundo de los eslavos meridionales y orientales hacen de la civilización bizantina un ser histórico bien definido y preciso, cuyos límites temporales coinciden con lo que se ha dado en llamar Edad Media.
-El Islam nace y crece súbitamente sobre pueblos heterogéneos , desde el desierto arábigo hasta el Asia Central, entre Mesopotamia e Hispania, abarca todo el antiguo ámbito iranio y la mitad meridional, e incluso más, del mundo mediterráneo, pero consigue formar una civilización que amalgama y estructura de manera original, en torno a la nueva religión y al poder que sustenta y legitima, un conjunto de rasgos anteriores de diversa procedencia que van del campo técnico y económico al cultural y artístico.
-La cristiandad latina, aun conservando parte del espacio mediterráneo occidental, se extendió durante siglos, al menos hasta el XI, hacia el N.,y fijó su espacio de civilización en condiciones más difíciles y primitivas, en principio, que Bizancio e Islam (que conocieron un estancamiento desde mediados del XI y aún más desde el XIII, con la extinción del caso bizantino, y permanencia en el nivel medieval hasta tiempos próximos del caso islámico). La Europa Occidental o Cristiandad latina protagoniza un crecimiento en todos los órdenes desde el s. XI.
PERIODO TRANSICIONAL DE LA ANTIGÜEDAD A LA EDAD MEDIA
El período transicional entre el Imperio Romano y la Edad Media pasa por las crisis que éste sufrió desde el s. III hasta su descomposición. Pero no se puede encontrar una sola causa o determinar qué de todo fue lo que desintegró dicho Imperio.
Desde las crisis políticas internas, el resquebrajamiento de la unidad imperial, las invasiones bárbaras, desequilibrio entre producción y consumo, decadencia del Senado, e incluso las medidas tomadas por parte de algunos gobernantes intentando poner remedio a estas crisis, que llevaron en muchos casos a un agravamiento de la situación en vez de a una solución satisfactoria.
Son Diocleciano y Constantino los principales emperadodres que consiguen ensamblar estas transformaciones económicas, sociales, intelectuales y artísticas que se suceden a partir de este siglo y en las creencias y costumbres colectivas entre las que destaca la expansión de una nueva religiosidad. Restaurando así, la estabilidad del Imperio a partir de nuevos supuestos.
Varios son los aspectos a tener en cuenta como desencadenantes de estas crisis:
Tendencias demográficas.
A pesar de contar con la diferencia de densidad de población entre la parte occidental del Imperio y la parte oriental (más alta en la parte oriental), entre los siglos III al V actuaron varios motivos de deterioro demográfico, entre ellas las numerosas epidemias de peste desde las ocurridas en tiempo de Marco Aurelio hasta las que acontecieron en varias décadas después de la “guerra gótica” en Italia.
En el marco rural, encontramos el abandono entre los siglos IV y V de muchas tierras antes cultivadas y la escasez de mano de obra rural, debido a causas como la inseguridad en las zonas fronterizas, la presión fiscal excesiva e indiscriminada en contraposición a la importancia dada a las causas propiamente demográficas o del posible agotamiento de la fertilidad de los suelos. Aunque la legislación imperial procurara estimular la nueva puesta en cultivo empleando veteranos del ejército, germanos inmigrantes o presos, otorgando tierras baldías a bajo precio de arrendamiento o disminuyendo el gravamen fiscal.
Tendencias Económicas
A lo largo de la crisis del s. III, a la defensiva, con un potencial humano menor y con el papel político de las ciudades disminuido frente a la potencia del Estado, nos encontramos con que los propietarios rurales dejan de invertir en las ciudades, sino que viven en sus predios o en las capitales principales del Imperio, con lo que la urbe se ve privada paulatinamente de la actividad mercantil y artesana de la que había sido monopolizadora, y sobre todo como punto de concentración y redistribución de la renta.
El nivel técnico apenas varía: la segadora mecánica y el molino de agua son los únicos ejemplos relevantes, y que los rendimientos siguen siendo los propios del mundo mediterráneo, en los que viñedo y olivar eran más rentables que el cereal, a excepción de las cosechas de trigo anual que proporcionaban a Egipto una gran densidad poblacional y el papel de granero imperial que siempre tuvo.
El régimen de propiedad de la tierra si nos ofrece novedades. La gran propiedad rural es herencia de los latifundios imperiales que pasaron a manos de los monarcas y que se incrementaron gracias a multas, confiscaciones, etc, lo que dará lugar a la confusión entre las propiedades de la corona y las particulares de los monarcas. Estas grandes propiedades son resultado de la magnificencia real que va favoreciendo a determinadas familias que hacen de sus latifundios verdaderos centros económicos autónomos.
En toda gran explotación hay que distinguir entre las tierras de cultivo (ager) próximas a la casa del propietario, y las zonas incultas (saltus), situadas a cierta distancia y que podía incluir bosques explotados por su madera, y útiles para caza y pesca y sobre las que, en reducido número de casos, se podían llevar a cabo labores de roturación.
Aunque la propiedad explotada directamente por sus dueños o a través de intendentes sigue predominando, se extiende un modo de explotación mixta, la villa: en ella el predio (fundus) se divide entre una reserva que explota directamente el dueño con sus servidores y varias parcelas (colonicae) entregadas habitualmente a tenancieros. Se fija así mano de obra a la tierra en condiciones de colonato o por medio de cesiones de usufructo a largo plazo. En especial desde la segunda mitad del s. VII se van imponiendo otras formas de explotación: una parte de las tierras serán distribuidas en lotes a familias de campesinos, por lo general de condición jurídica libre, que a cambio del disfrute deberían satisfacer al señor unas rentas, en especie o en servicios artesanales o de transporte.
En cambio en sectores de la mitad oriental del Imperio, donde la abundancia de la mano de obra era mayor, se produjo la desmembración de numerosos grandes dominios en el s. IV y hubo un auge de la mediana y pequeña propiedad (mansi) en manos de campesinos libres agrupados (vicus). Incluso se procedió a roturar y poner en valor nuevas tierras. Pero la inseguridad de los tiempos hará, sin embargo, que las prácticas de patronato ejercidas por los grandes frente a los más débiles vayan erosionando de forma irremediable estas formas de pequeña propiedad autónoma.
Parece, además que en el Próximo Oriente hubo una importante expansión de técnicas de regadío aplicadas sobre todo a parcelas de explotación familiar.
La decadencia de las ciudades obedece también a motivos demográficos como a motivos políticos y económicos. Las ciudades pierden numerosas funciones administrativas al desintegrarse el aparato institucional romano, dejando de ejercer en parte el papel director de la vida económica, con la correspondiente concentración de población y renta. Este grado de decadencia no se observa en las grandes capitales ya que conservan estas funciones, aunque serán las ciudades orientales las más favorecidas por el desplazamiento de los centros de decisión políticos y mercantiles hacia esa zona: Alejandría (aumenta manufacturas de seda, lana, tapices, pedrería y vídrio), Antioquia (cabecera de la ruta hacia Asia Central que pasará de 150 a 300 mil hab. Bajo Teodosio), incluso Jerusalén (sobre todo por motivos religiosos y de peregrinación) y Efeso (que fue el centro ferial más importante de la región), son ejemplos de este fenómeno. Constantinopla será el maximun de referencia en este sentido.
A partir del siglo III las necesidades militares fueron reduciendo el perímetro de las ciudades , a muchas de las cuales hubo de amurallar a toda prisa. Las antiguas urbes quedaron reducidas a la categoría de castros fortificados que dan acogida a un reducido número de personas.
El papel de las ciudades como centros artesanales y comerciales entró en franco declive, aunque las referencias de las fuentes del momento nos hagan pensar aún en el mantenimiento de una cierta actividad en estos campos.
El comercio exterior era en general poco importante: esclavos germanos, armenios y caucásicos, y productos de lujo asiáticos. El saldo era deficitario y se pagaba en oro y el régimen aduanero adoptaba el tipo impositivo.
El comercio interior, con un régimen impositivo muchísimo menor, con buena moneda de oro y seguridad garantizada atendía a mercados muy limitados, debido a la importancia del autoconsumo y al hecho de que el Estado, cliente principal, mantenía sus propios circuitos y servicios comerciales. Las formas de comercio urbano existentes eran las de carácter fijo destinadas a una poderosa clientela y también existían ferias en áreas rurales.
La intervención estatal en la vida económica tiene claro ejemplo en la regalía monetaria: Constantino creó el solidus, mientras el denario pasa a ser moneda de cuenta, y pierde su valor a lo largo de los siglos IV-V debido a las inmoderadas emisiones estatales que pretendían utilizar un hecho como era el monetario, fundamentalmente económico. La caída del Imperio en Occidente produciría una retracción del uso monetario con enormes consecuencias para la vida y posibilidades de la economía de mercado.
Desde el siglo III habían proliferado los impuestos extraordinarios, que se cobraban en especie, la indicción, resultado del cálculo anual de las necesidades de alimentos y materiales que el gobierno tuviese cada año, formados por dos unidades fiscales censadas: la iuga (aplicadas a las tierras agrícolas de acuerdo con su rendimiento) y la capita ( aplicada al censo de población agrícola como unidades fiscales). Los costos de la indicción eran variables según las necesidades anuales, pero por regla general su incidencia variaba entre un tercio y dos tercios del total de las cosechas, lo que la convertía en un tributo aplastante en muchos casos y, desde luego, el más gravoso de la época, especialmente en Occidente donde la riqueza agraria era menor.
Para evitar el alza de precios, se dicta el Edicto del Maximum, por el que se fija el precio máximo de cada mercancía.
Tendencias sociales
Las crisis del Imperio romano a partir del s. III se vio acompañada de una serie de dramáticas convulsiones que se prolongaron a lo largo de los años. Con la irrupción de los germanos, el descontento social encontró un nuevo punto apoyo. Dos grandes movimientos tuvieron una especial significación en el Occidente: el de los circumcelliones del N de África y el de la Bagauda , Galia y parte de Hispania. El componente religioso se hace patente, incluso hasta el punto de llegar a una cierta identificación entre la disidencia religiosa y la protesta social.
Sin embargo, las revueltas campesinas acabaron siendo aplastadas por la colaboración de las autoridades romanas y germanas, por lo que su incidencia en el paso de un tipo de sociedad a otro fue escasa.
Otro dato importante fue la pérdida de la rentabilidad del esclavo en el marco productivo (según, sobre todo, autores marxistas). El sistema esclavista clásico debió su auge a la rentabilidad, baratura y abundancia de los esclavos de la época de las grandes conquistas del Imperio romano, pero ya entre los s. IV al VI, los esclavos son más caros y escasos: el aumento de las manumisiones y, sobre todo, el bloqueo del proceso expansionista romano y la crisis demográfica que fue afectando al Imperio desde el s II, así como el estancamiento tecnológico, se encuentran entre los factores que explican la progresiva sustitución de los esclavos por hombres libres: el esclavo va a cumplir las mismas funciones que en tiempos pasados, pero no en la misma cuantía, ya que muchas de estas funciones van a ser cubiertas ahora por medio de otras formas de relación social. Así encontramos esclavos en dominios rurales, artesanos, empleados, agentes comerciales, y abundan sobre todo, en el servicio doméstico.
Categorías sociales:
La capacidad de dominio económico y el grado de participación en el poder político se combinaban para definir los estratos de una sociedad fuertemente jerarquizada, en la que los vínculos familiares y los lazos de relación y dependencia crean realidades que sobrevivirán a la caída del Imperio occidental.
En al cúspide de la pirámide se hallaban los honorati , formado por senadores y caballeros que llenarían los cuadros de la administración civil y eclesiástica en sus más altos niveles. El acceso al rango senatorial estaba abierto, en Roma, a altas esferas del ejército, administradores, ejercicio relevante de profesorado o la jurisprudencia. En Constantinopla, los nuevos ricos tuvieron más oportunidades.
Junto a esta nobleza exclusivamente de linaje integrada por terratenientes de origen romano o germánico, se va desarrollando otra palatina, en relación directa con el monarca que ocupa los cargos de palacio o las funciones de gobierno intermedias.
Los honestiores era el grupo formado por decuriones, funcionarios y soldados miembros de profesiones liberales: grandes armadores, los argentarii (especie de banqueros), y algunos grandes comerciantes.
Por debajo de estas clases, podíamos encontrar a los humiliores:
En el marco urbano eran asociados profesionalmente por ramos y adscritos al oficio: de manera obligatoria habían de estar integrados en un gremio.
En el ámbito rural, los pequeños y medianos propietarios de tierra disminuían en número, a pesar de que veteranos del ejército en el siglo IV y otros grupos tendían a incrementarlo. La presión fiscal, el endeudamiento y las excesivas fragmentaciones por vía de herencia, contribuían a ello. Poco a poco, muchos pequeños propietarios buscaron protección contra los dos primeros de aquellos males aceptando el patronato: encontrando encomendación con respecto a algún poderoso, al que cedían todo o parte de su propiedad agraria, aun conservando el usufructo, a cambio de protección efectiva frente al fisco y la violencia imperantes.
La situación de los campesinos no propietarios, arrendatarios o colonos, que estaban adscritos hereditariamente a la tierra se fue degradando a lo largo del s. IV al significar, además la adscripción una dependencia personal con respecto al propietario, consiguiendo con ello retener una mano de obra escasa y el cobro de impuestos, que podía perseguir al colono huido y encadenar incluso a los que supusiera que lo iban a intentar. Aunque estas situaciones de dependencia reducían a poco las libertades como ciudadanos romanos de numerosos campesinos y les abogaban a un estado de servidumbre, no se puede confundir con la esclavitud de la que se diferencia tanto por su definición jurídica como por el distinto ámbito de relaciones sociales en el que nace.
Es aquí dónde podemos encuadrar los movimientos de tipo religioso a los que antes hacíamos referencia Bagaudas, Donatistas y Circunceliones.
Tendencias políticas
Durante los siglos IV y V se contraponen dos principios y tendencias de organización política:
- Por una parte, el Estado refuerza sus medios y servicios para asegurar la defensa de sus fronteras y la paz interior, aún a costa de crear un régimen impositivo y unas formas de acción política que producen la insolidaridad hacia él de buena parte de la ciudadanía y rompen el equilibrio entre recursos del país y demandas del poder.
- De otra parte, la decadencia de los gobiernos urbanos, y m´s ampliamente, de la civilización clásica basada en el predominio de las ciudades, crea nuevos estímulos hacia la autarquía económica y la autonomía administrativa.
Lo más destacable dentro de este período es, ya en el siglo III, el paso a una situación estatal fuerte, en la que se concibe al emperador como un amo absoluto: dominus, y no como un primer ciudadano (princeps) como hasta ahora había sido. En esta teoría del dominado, el emperador es y actúa como monarca autocrático: las ideas del Imperio como poder de magistrado sujeto a la Ley y del Senado como depositario de la soberanía popular había agotado su vigencia.
Se comienza a cargar el acento del origen divino del poder imperial: Diocleciano prefirió entrar en comunión con la divinidad recibiendo del Dios supremo Júpiter, las cualidades sobrehumanas que eran precisas para el ejercicio de su poder. Maximino las recibirá de Hércules. A partir de Constantino, con el reconocimiento del cristianismo,(sin emprender medidas contra otras religiones) culmina esta nueva manera de sacralizar el poder imperial procedente de Dios. Será él quien reunifique el poder político del imperio, intervendrá en todas las cuestiones que lo atañen, incluso en cuestiones teológicas.
El prestigio, en la práctica del poder imperial depende en buena medida de las tradiciones anteriores. Oriente, donde la sumisión a la autocracia sacralizada era una constante milenaria (salvando el lapso griego), se adapta bien a las nuevas formas sobre la base de una prosperidad económica mayor, de la mejor estabilidad social, política y defensiva. En Occidente la tradición es mucho menor: las resistencias y sublevaciones que ponen en entredicho la autoridad imperial abundan más y, sobre todo ,la situación militar pondrá en manos de diversos generales la mayoría del poder, después de morir Teodosio, en detrimento de los emperadores.
En ambas mitades del imperio, había sin embargo, problemas comunes. Para hacerlos frente, los emperadores practicaban por lo general una política muy conservadora y defensiva, salvando los momentos en los que se emprenden algunas grandes reformas administrativas o fiscales.
La necesidad de fragmentar el ejercicio del poder para hacerlo más efectivo lleva a que desde Diocleciano, el Imperio esté gobernado por cuatro titulares de los que dos se llamaban augustos y los otros dos, subordinados a éstos, césares. Con una circunscripción determinada, de derecho, actúan mancomunadamente por lo que la unidad del Imperio no se rompe, pero que de hecho, cada cual gobierna en una parte y sus relaciones mutuas varían entre la igualdad y la supeditación, la armonía y la hostilidad.
Otro problema del Bajo Imperio es el referido a la sucesión del poder imperial: al no haber régimen legal de hereditariedad, los procedimientos eran la elección por miembros civiles y militares del palatium, la aclamación por el ejército, o la adscripción en vida de un sucesor. Ninguno de estos métodos impide la tendencia a la formación de verdaderas dinastías imperiales, después de haber fracasado en las guerras civiles de los años 305-313, el sistema ideado por Diocleciano a través de su régimen de tetrarquía.
Tras la abdicación de Diocleciano en el 305, y el fracaso de su sistema, Constantino, hijo de uno de los tetrarcas que habían gobernado con Diocleciano, rehacía bajo su mando único la Unidad del Imperio.
Dos gestos han marcado su política:
a. Su conversión al Cristianismo
b. La fundación de Constantinopla.
Aunque, con matices diferenciados en muchas ocasiones, su labor política supuso una continuación en las medidas de regeneración impulsadas por Diocleciano: divinización del poder imperial, reestructuración y centralización de servicios, reorganización del ejército impulsando una importante fuerza de choque (los comitatenses), el establecimiento de una jerarquía nobiliaria en razón de las funciones políticas a desempeñar.
A estas medidas se unieron otras por las que el Estado dejó sentir su actividad coactiva a fin de que el aparato productivo pudiera funcionar: vinculación de los artesanos a corporaciones profesionales convertidas en mecanismos de vigilancia estatal, la progresiva fijación del colono a la tierra o la responsabilidad de los curiales cara a la recaudación de los impuestos municipales.
Bajo los sucesores de Constantino se advierte de forma permanente el cúmulo de dificultades con que un Estado romano impotente se encontró al tratar de aplicar esta minuciosa política. La ineficacia de un pesado aparato administrativo, el problema de la compatibilidad del principio monárquico con la ostentación de la titularidad imperial por varios personajes, las querellas religiosas y las presiones desde el otro lado de las fronteras, serán factores de permanente desestabilización.
Cuando Juliano, sucesor de Constantino, muere en campaña contra los persas, sella un fracaso político: la incapacidad de Roma para derrotar a sus vecinos sasánidas, y religioso: el paganismo deja de recibir definitivamente el apoyo oficial.
Es por estos años cuando cobra cada vez más cuerpo las tendencia al distanciamiento entre las partes oriental y occidental del imperio. Constantinopla crece en la misma medida en que Roma decrece.
Desde 364, un emperador gobierna en las provincias occidentales: Valentiniano, mientras su hermano Valente hace lo mismo en las orientales. Tras la rotura del limes danubiano y la invasión de los Balcanes, un general de ascendencia hispana, Teodosio, logra pactar y mantener el peligro dormido con un fugaz intento por unir las dos parcelas del Imperio, pero a su muerte, la división se convertirá en un hecho irreversible.
Religiosidad
Durante más de dos siglos, fue la tolerancia lo que marcó el comportamiento general de las autoridades romanas. El auge de las tendencias sincréticas y la decadencia generalizada del paganismo tradicional romano fueron el caldo de cultivo en el que el cristianismo fue pasando de mera secta del judaísmo a religión con ambiciones universales.
A mediados del III, la situación cambió: el emperador Decio promulgó un edicto que suponía la incompatibilidad entre Iglesia y Estado.
Bajo la Tretarquía, se promulgaron edictos de persecución generalizada.
El Edicto de Milán (313), promulga una total libertad de cultos para los súbditos de Constantino y Licino. La conversión de Constantino constituyó un factor básico no sólo de la definitiva expansión del cristianismo, sino de un progresivo cmpromiso con el Estado.
Teodosio (318) en Tesalónica, declaró el cristianismo en su versión ortodoxa como única fe del Imperio, quedando el paganismo y la herejía formalmente proscritos.
La acomodación del cristianismo a las estructuras políticas del Imperio fue producto de un largo proceso, al igual que las relaciones entre cultura pagana y cultura cristiana.
Desde el s. II los autores cristianos estaban siendo formados en las mismas escuelas que los paganos. El cristianismo aparte de religión revelada, se iba convirtiendo en una filosofía en la que los elementos platónicos, aristotélicos y estoicos abundaron.
Bajo el gobierno de Constantino, la redacción de la Historia Eclesiástica de Eusebio, Obispo de Cesarea, recoge la evolución del cristianismo desde los tiempos apostólicos hasta el giro constantiniano. Posteriores a Eusebio encontramos a los tres de grandes teólogos de la Iglesia Oriental:
- Gregorio de Nysa (expone las doctrinas de la trinidad)
- Gregorio Nazianceno (exponela doctrina del espíritu santo)
- San Juan Crisóstomo, uno de los más grandes predicadores.
En el s. IV, Occidente consolidó una tradición literaria independiente. Las dos figuras más importantes fueron
- San Ambrosio de Milán (firme debelador de diversos errores doctrinales y estratifica en su pensamiento varios componenres patrísticos, platónicos y ciceronianos).
- San Jerónimo de Stridon (centrado en las traducciones de los textos bíblicos).
Arrianismo y Herejía en Oriente:
Los conflictos con Oriente del Imperio Romano acaban dando paso a otras religiones de tipo mistérico. Durante los primeros siglos de la era cristiana, las diversas herejías no llegaron a crear iglesias paralelas a la oficial, hasta que surgió la crisis arriana:
Arrio desvalorizó la figura del logos encarnado, marcando la superioridad metafísica del Padre, quedando Cristo convertido en una especie de intermediario, superior a los hombres pero inferior al Padre.
La expansión de la doctrina arriana provocó un rápido desgarrón en la cristiandad de Oriente Mediterráneo. Por iniciaiva de Constantino y de su consejero Osio, se reunió un magno concilio de Nicea (325), pero fuera de poner fin a la polémica (incluso habiendo desterrado a Arrio), la agudizó: se pudieron detectar en algunos puntos concretos hasta 5 facciones religiosas que iban desde la ortodoxia niceana radical, hasta la tendencia más dura del arrianismo.
A la muerte de Valente (simpatizante de la herejía) en la batalla de Adrianápolis, el emperador Teodosio, profundamente católico, ratificó los principios del Concilio de Nicea y condena el arrianismo en sus distintas manifestaciones en el segundo gran concilio: Constantinopla (381).
Herejías de Occidente:
El donatismo fue un lema movilizador que captó las simpatías de ciertas capas sociales de desheredados: los circumcelliones, que habrían de poner en jaque a las autoridades romanas y a la Iglesia oficial en diversas ocasiones.
El priscilianismo: a través de su representante Prisciliano, obispo de Ávila, consigue calar hondo, sobre todo en ciertas regiones de Galicia.
Pelagianismo: Pelagio, monje bretón, estaría al frente de esta herejía típica del Occidente con mayor contenido doctrinal: plantea problemas como el del pecado original y el de la gracia.
San Agustín
San Agustín, obispo de Hipona se convierte en el primer teólogo de occidente. En De Trinitate, redacta un alegato contra errores como el arrianismo y la exposición doctrinal del tema que se convertirá en oficial para la teología occidental. Redactará también un inventario de los errores doctrinales surgidos hasta la época en De Haeresis.
Pero su obra clave es De Civitate Dei, donde aparecen múltiples ideas del pensamiento histórico agustiniano: la exculpación del cristianismo frente a quienes lo consideraban culpable de los desastres del Imperio, y en especial del saqueo de Roma por Alarico.
La marcha del cristianismo procede de dos frentes:
En el mundo judío de donde surge, encontramos hasta 4 corrientes:
Saduceos
Fariseos
Zelotes
Esnios
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